Luis Enrique lo ha conseguido. En tres años ha transformado la esencia del mejor Barcelona de la historia en un mero recuerdo. Y lo ha hecho teniendo en sus manos tres de los mejores delanteros que jamás se hayan reunido.

En fútbol, se puede aceptar que el PSG te meta cuatro goles en octavos de final de la UEFA Champions League en el Stade de France o que el Inter de Milán te elimine en unas semifinales de la misma competición o que el Real Madrid te gane una final de Copa del Rey. Los resultados, como evidencia irrefutable, se tienen que aceptar. Sin embargo, hay días en los que resulta muy difícil aceptar la forma en la que se dan algunos resultados, la pérdida de la esencia. Hoy es un uno de esos días.

El Barca era un equipo que poseía una identidad tan clara, tan nítida, que bastaba decir que el equipo estaba jugando para adivinar con sencillez lo que podía estar dibujándose sobre el terreno de juego: El Barcelona gobierna el partido con el balón, encierra a su rival en su campo, genera ocasiones, aprieta cuando pierde el balón, aparecen jugadores que se asocian, otros que se sostienen en amplitud para crear pasillos interiores o aprovechar el uno contra uno, etc.

En pocas palabras, cada vez que los blaugrana jugaban sabías que iban a proyectar una película de fantasía en el cine de tu casa y que, pasara lo que pasara al final, ibas a disfrutar de ella. Ahora no sabes la película que van a dar, por lo que a veces te encuentras con un film de terror o, como en el caso de esta noche, puedes tener la desgracia de tropezarte con un drama de los que ponen en Antena 3 algunos fines de semana por la tarde con los que te dan ganan de tirarte por una ventana.

Y es que el afortunado (digo esto por tener la posibilidad de entrenar a un grupo de jugadores de un nivel que él nunca tendrá como entrenador) Luis Enrique, ha destruido aquella maravillosa obra que Guardiola erigió durante su estancia como máximo responsable del club azulgrana, dejando poco más que un rastro de polvo. Pulverizada. Desintegrada. Y lo peor es que su creación no es, ni más ni menos, que otra copia de la extendida mediocridad que es el fútbol actual. La ausencia total de originalidad y valentía.

El Barca, como equipo, era el Barca y, ahora, puede ser cualquier otro conjunto. Basta con cambiarles el color de la camiseta. Hace lo que hace cualquier equipo…de primera, segunda, tercera o regional en cualquier país del planeta: vivir de la calidad individual a cambio de sacrificar su identidad como equipo. O lo que es lo mismo: balones a los de arriba que, como son tan buenos, ya se encargarán ellos de resolver el partido. O sea, lo que cualquier ser humano podría hacer sin necesidad de tener el carnet de entrenador, ni haber sido exfutbolista ni llamarse Luis Enrique, Zidane o Gato Romero, por ejemplo. Tanto ha sido el empeño de Luis Enrique por desfigurar la esencia culé que, al final, lo ha conseguido.

Luis Enrique entrenador Barca

Luis Enrique (Foto:EFE)

El equipo ya llevaba mucho tiempo mostrando peligrosos síntomas de una fragilidad defensiva inusual en un conjunto de primer nivel, consecuencia de la falta de preparación de los jugadores y la inexistente creatividad táctica del entrenador. Las continuadas pérdidas de balón en zonas de iniciación y las incesantes concesiones a los atacantes han convertido al Barca en una especie de muñeca de porcelana lista para quebrarse. En la mayoría de los casos, el cuidado y el mimo que los tres de arriba procuraban, bastaba para que la figurita siguiese intacta o se arreglara fácilmente cuando se le rompía un brazo o una pierna. Pero, hay momentos, en los que ni todo el pegamento del mundo puede reparar el destrozo en el que se convierte el equipo, por muy bueno que sean Messi, Suárez y Neymar.

Al plan del asturiano hay que sumar la desaparición de jugadores con gen Barca. Como el caso de Iniesta, que está afrontando los últimos años de su carrera. No me malinterpretéis, para mi Iniesta a la pata coja es mejor que Denis Suárez, Rafinha y André Gomes juntos, lo que desgraciadamente supone un gran problema para el equipo. Lo del portugués, por cierto, es de traca. El tipo que costó 35 millones más 20 en variables y aún se le espera. El fichaje de André Gomes, al que definen como “ojito derecho” del asturiano, fue del agrado del entrenador y sigue teniendo más oportunidades que cualquier otro jugador. Eso sí, demuestra tan poco como el que menos y comete tantos fallos como el que más. Y mientras, Isco chupando banquillo en el Bernabéu…

El lateral derecho, por otro lado, ha sido uno de los puntos negros en la previsión Luis Enrique tras la marcha de Alves. El entrenador decidió apostar por Sergi Roberto para jugar en esta posición, aun sabiendo que el centrocampista nunca rendiría su máximo nivel desempeñando dicho rol. Aleix Vidal tampoco ha sido el que quizá algunos esperaban. Y la mayor desgracia no fue la marcha del brasileño en sí, sino la pérdida de uno de los pocos socios que le quedaban a Messi sobre el campo, que cada año son menos.

En fin, Luis Enrique, que apuesto no seguirá en el Barca la temporada que viene, no va a pasar a la historia del club por ser el entrenador del triplete ni del récord de victorias. Al de Gijón se le recordará como aquel tipo que acabó con la esencia de un equipo que, más allá de ganar o perder, enamoraba con su juego. Y eso, para los que amamos el fútbol, no tiene perdón.