De fútbol y de medicina todo el mundo opina. Ese fue el popular dicho que lanzó un conocido, de profesión médico, tras estar hablando tranquilamente de las cosas del balón.

Y es que, si hay algo en lo que todo el mundo da su opinión es sobre temas medicinales (en muchos casos basados en métodos tradicionales o lo que se ha visto hacer a otros) y sobre nuestro querido fútbol. En el segundo caso, el argumento es porque sí, no hace falta nada más. Y si se hace desde la grada, un sofá o la barra de un bar, pues mucho mejor, aquí prima la comodidad y mantener la boca húmeda para que no se atasquen las palabras.

Pues yo les digo a esos que se acomodan en su asiento (donde quiera que sea): cierren la boca y salten al agua. Así, sin flotador ni manguitos o botella de oxígeno, sin ni siquiera unas gafas de bucear; sin mirar si debajo hay rocas, un tiburón o cien diminutas Carukia barnesi. Salten sin miedo, que el mar es grande y hay sitio para todos.

Ser entrenador de fútbol me ha enseñado una cosa: hagas lo que hagas nunca vas a poder tener a todos tus jugadores contentos. Quizá sea una de las primeras premisas que cualquier entrenador (de cualquier disciplina) deba entender. Lo complicado es aceptarlo. Ya no importa si tú eres el responsable directo de ello o no tiene nada que ver contigo, para alguien que debe liderar a un grupo de personas es difícil digerir esta realidad. Pero es así, quien diga lo contrario…me lo explique pues.

Y si es difícil de por sí tener contento a un grupo de 15 o 20 seres humanos, con sus sentimientos, sus problemas, sus particularidades, sus debilidades, sus sueños, sus miedos, etc. ¿Cómo de difícil es contentar a aficionados, ultras, pseudoentrenadores, padres, padres-ultras, amigos, periodistas, pseudoperiodistas, al tapicero o a cualquiera que “pasaba” por allí y se puso a ver el partido o el entrenamiento que se estaba desarrollando?

El confort de la palabra. Así lo podemos definir. Gente que siempre posee una solución a posteriori o, con un poco de suerte, una opinión sin argumento a priori y que, como es obvio, siempre acaba llevando la razón.

Un jugador está jugando mal: debía haberse quedado en el banquillo. Otro jugador comete un error: ya lo dije que no servía para este equipo. Que atacas por la derecha y no marcas: deberían atacar por la izquierda. Intentas salir jugando la pelota: hay que pegar un pelotazo. Pegas un pelotazo: es que hay que sacar la pelota jugando. Ganas un partido: era un partido fácil. Y otras tantas frases que no soy capaz de escribir porque, afortunadamente, no estoy en aquella acera.

Creo que los entrenadores debemos aceptar ciertas críticas, ya que en ocasiones nos ayudan y nos hacen mejorar. Pero hay momentos en los que las opiniones exceden unos límites que deberían permanecer intactos. Por esta razón es que hay veces en las que me preocupo de conocer la profesión de algunos padres de mis jugadores. No, no es que me interese realmente, es por si necesitara dicha información para explicarle la incómoda situación en la que nos ponen a los entrenadores personas que nos cuestionan sin entender si quiera el contexto en el que nos movemos.

Estoy esperando que con un poco de suerte me toque un arquitecto. Tengo la ilusión de ir a su puesto de trabajo, decirle que levante un rascacielos sin cimientos, lo empiece por el tejado y no ponga salidas de emergencia ni ascensor, que los que trabajen en el piso cuarenta suban andando. ¿También eres arquitecto? Me preguntaría. Yo le respondería: Si claro, desde hace un mes que a mi sobrina le gusta montar casitas lego. También he pensado en ponerme a operar y pilotar aviones…pero al final el sentido común me ha dicho que no. No tiene nada de malo, es lo que hacen miles de personas cada vez que intentan darle una lección de fútbol a una persona que se dedica a ello.

Pues yo les digo a todos aquellos entrenadores que dirigen desde la grada, desde sus casas, desde un plató de televisión, una emisora de radio, un periódico, la barra de un bar o su puesto de trabajo: ¡salte al campo! Dirija a un equipo de verdad. Siéntese en un banquillo. Respire el día a día de sus jugadores. Y entonces, haga lo que dé la real gana. Y no se preocupe, si es capaz de conseguirlo, yo lo felicitaré. Eso sí, recuerden que otros, mientras tanto, seguirán dándole lecciones de fútbol desde el confort de la palabra…